Cae la lluvia sobre el techo a dos aguas. Que a este punto no son dos sino tantas como las gotas que se posan. A veces uniéndose por el camino y otras separándose. Claro, también están esas que llegan juntas hasta el final y emprenden también juntas el viaje hacia la canaleta. Pero lógicamente están las que llegan solas y saltan más lentas, son más livianas y eso las detiene, parecen algo atemorizadas. No hay tiempo para preguntar si es el camino correcto y no es lindo equivocarse sin nadie que te acompañe en el error, imagino que a eso se debe la duda.
Pero entonces, ¿qué pasa con esas que se quedan en el camino? ¿Se rindieron o el relieve de la vida las obligó a rendirse? ¿Puede uno rendirse? Perdón, las gotas, ¿pueden las gotas rendirse?, eso quise decir. ¿Puede alguien juzgarlas si se rinden? Si se secan, si se hacen tan chiquitas dejando parte de ellas en el camino que ellas mismas dejan de ser perceptibles, si van dejándoles parte a otras gotas porque las quieren, las aprecian, quieren lo mejor para ellas pero de repente se dan cuenta que les dejaron tanto, se desprendieron de tanto y las otras gotas se lo llevaron. Les queda poco, están debilitadas y sin muchas esperanzas para recuperar toda esa vida que tenían. ¿No pueden rendirse?
No, no pueden rendirse.
Siempre aparece otra gota para llenarlas y re-llenarlas de agua, y el agua es vida.
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