lunes, 12 de marzo de 2012
Manejaba
Manejaba. Manejaba sin rumbo y con la música bien alto aunque no la escuchaba. Sólo quería un poco de ruido para tapar los pensamientos. No lloraba, pero tenía los ojos con agua hasta el borde. Sentía que el más mínimo pestañeo hubiera desatado el llanto. La radio no siempre lo mantenía distraído y a salvo. El locutor y sus anuncios no tenían la misma intensidad de la música y los pensamientos estaban ahí, esperando cada oportunidad, y se filtraban. Se filtraban como se filtra el viento por una mínima hendija abierta de una ventana, constante y haciendo ruido. El ruido lo hacían todo dentro de su cabeza. Y no era ruido sino más bien frases. Sobretodo frases de ella: que dónde había quedado su orgullo, que le causaba gracia… Se sintió muy poco respetado después de repasar esas frases. ¡Cuantas ganas de gritarle que ella tenía su orgullo! Recordarle que se lo había entregado a ella y hace mucho. Él, en todo caso, le preguntaría a ella dónde estaba, dónde se lo había guardado. La sintió desmemoriada e injusta, y eso le dolió más que nada. Por eso manejaba. Manejaba como quien intenta escapar pero sabía muy bien que no tenía sentido. Todo lo que le hacía mal viajaba con él, como lejos, en el asiento del acompañante. Por más que quisiera (aunque vale la pena dejar en claro que NO quería) le resultaba imposible abrir la puerta y empujarlo, tirarlo en movimiento y ahí sí, pisar el acelerador dejándolo todo lo más atrás posible, tratando incluso de no mirar ni siquiera por el espejo retrovisor. Pero no, eso no hubiera sido justo de su parte, y él no devuelve con la misma moneda. Siempre la respetó e iba a hacerlo hasta las últimas consecuencias. A ella y a cualquier pensamiento que la incluyera. Aunque así tuviera que absorber él solo la mayor parte del daño. “No importa”, pensó. “Así siento la vida y no voy a traicionarme”. Y así seguía manejando. Frenó un momento y pidió ayuda. No se la dieron. Tampoco hubiera sabido qué clase de ayuda pedir. Quizá un corazón que lo salve o quizá era solo la necesidad de alguien que lo escuche o de alguien que le hablara. Sea como sea, no lo encontró. Así que finalmente y muy a su pesar decidió su rumbo: volver a casa. Manejó y manejó, porque después de tanto estaba algo lejos. Llegó, estacionó el auto en su parcela de la cochera, apago el motor y después lo más difícil: apagó la música, no sin antes suspirar. Sabía que a partir de ese momento empezaba una dura lucha contra todo lo que sentía, contra tanto recuerdo. Una dura lucha que no sabe cuándo va a terminar, suponiendo que termine. Una dura lucha de la cual no sabe cómo va a quedar, suponiendo que quede algo de él. Una dura lucha que ni siquiera puede luchar sino que tiene que dejarse ganar, suponiendo que pueda hacerlo. Porque eso es lo que más le cuesta: darse por vencido.
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Me hiciste recordar mi lucha.. cada palabra cada imagen q tus palabras me daban, me hicieron recordar tantos meses tantas dudas tanto dolor.....
ResponderEliminarQue lindo es que tengas el don de demostrar tal sentimiento... que mas alla del dolor y lo demas-- nos enseña a crecer.....